BITÁCORA DE UN REBELDE, LOS PASOS DE MIGUEL LITTIN

Guadi Calvo

 

Hacer cine es tan fácil como hablar.
Es como charlar con la gente.
Creo que el cine es algo muy simple,
algo tan simple como el principio de un cuento
.

Miguel Littin

 

 

José del Carmen Valenzuela Toro, el 16 de julio de 1960 llega a los desolados campos de Nahueltoro (Triste Toro), en los alrededores de Chillán, cerca del río Maule, donde conoce y comienza a convivir con quien sería su víctima, una campesina con cinco hijas pequeñas, tan miserable y desamparada como el propio José del Carmen. En una discusión, a raíz de sus continuas borracheras, José del Carmen, en mitad del campo, golpea a la mujer con una guadaña hasta matarla y a continuación hará lo mismo con las niñas. Fue capturado varios días después en una fonda, borracho, bailaba, solo, un corrido mexicano.

La prensa lo mostró como un ser despiadado. Fue adquiriendo conciencia de sí y de sus actos al aprender a leer y a escribir en la cárcel de Chillán, donde también tejía canastos de mimbre para ganar algún dinero con que sostenerse en prisión. Lentamente se transformó en otro hombre. Mientras, el proceso judicial, que duró varios años, concluyó por condenarlo a muerte.

A pesar de los pedidos de indulto al presidente Jorge Alessandri, católico de comunión diaria, la pena se cumplió inexorable, y el presidente nunca sabría que ese hombre, gracias a la educación recibida en la penitenciaría, era otro. Leer y escribir le sirvió, entre otras pocas cosas, para firmar la notificación donde se le comunicaba su condena.

Cuando el periodista Patricio Manns le preguntó: ¿Tú crees, José, que tenías que matarlas a todas?, la respuesta fue otra pregunta, tan cándida como inaudita: ¿Cómo iba a dejarlas sufriendo solitas?. En ese mismo reportaje Valenzuela Toro cuenta, sin querer justificar nada: a mí todo me ha dolido desde la nacencia.

José del Carmen Valenzuela Toro, fusilado el 30 de abril de 1963, nunca sabrá que su historia, que sacudió las buenas conciencias de la pacata y conservadora sociedad de su patria, iba a convertirse en el más grande suceso de la cinematografía chilena y una de las películas señeras de la latinoamericana.

De la mano de Miguel Littin, la vida, condena y muerte de José del Carmen Valenzuela Toro transmutaría en El Chacal de Nahueltoro (1969), primer largometraje del gran director chileno, que con particular soltura narrativa intercala episodios de la infancia del Chacal y con ello realiza un sólido retrato humano de su protagonista (personificado magistralmente por Nelson Villagra). La mirada del realizador analiza, por primera vez en el cine chileno, realidades críticas de la administración de justicia, del poder latifundista y la feroz marginalidad del trabajador rural. Enjuicia a un país responsable, en gran medida, de los crímenes individuales. El guión fue construido a partir de una importante serie de investigaciones que van desde el análisis de los expedientes judiciales a relatos de testigos y material periodístico. Lo que Littin se propuso fue elaborar una técnica de gran reportaje para abordar al hombre en toda su profundidad. Juega, en un difícil equilibrio, entre lo documental y el melodrama, presupuesto que alcanza con absoluta solvencia. Más cercano al cine de indagación del italiano Francesco Rosi, que al neorrealismo, que todavía palpitaba con vigor, en algunos cineastas latinoamericanos. El uso dramático de la cámara consigue en algunas escenas niveles antológicos, como la del asesinato de las niñas. La película llevó entonces 215 mil espectadores, y convierte a su director en uno de los nombres claves de la cinematografía chilena.

Con el presidente Allende, Littin asume como director de Chile Films, nombramiento que mantendrá hasta la injuria del 11 de septiembre de 1973. En este breve período, Littin podrá realizar otros dos largometrajes: el primero, un documental, Compañero Presidente, en el que filma una larga conversación que el presidente Allende mantendrá con, el hoy oscuro, Régis Debray. En este trabajo Littin capturará la talla humana del estadista. De aquella experiencia declara: «Amé a Allende como se ama a un padre». «Fue el mejor momento de nuestras vidas. Lo viví con mucha plenitud, libertad y alegría. Por supuesto, hubo dificultades, pero uno estaba con su voluntad para resolverlas. La Unidad Popular significó un momento trascendente y fundamental en la vida de los chilenos».

Paradójica, La tierra prometida (1973), última película en su patria antes del exilio mexicano, es una «revocación mágica de la historia de Chile»: una comunidad campesina se establece y organiza formas socialistas de producción y distribución. Este germen maligno, para los grandes productores y el poder, será desterrado por una feroz represión. El film participa ese año en el Festival de Moscú. Littin dice respecto a La tierra prometida: «la unida del film no es lógica sino poética».

En el primer parlamento de las Actas de Marusia (1976), alguien pregunta: «¿Quién eres?». Gregorio, el personaje, responde: «No sé, pero estoy buscándome y sé que de todo lo que soy, de todas estas posibilidades voy a encontrarme, voy a encontrar un camino y lo voy a recorrer». A confesión de partes relevo de pruebas, esta respuesta es una afirmación y a la vez una renovación de votos del gran realizador chileno.

Las Actas de Marusia se ubica en el norte de Chile durante 1907. En el pueblo minero de Marusia un ingeniero inglés ha sido asesinado; el patrón, también inglés, ordena a un sargento que investigue. Del crimen es acusado un minero peruano, Rufino Gómez Peralta, al que se le aplicará la ley de fuga. De allí se abrirá un juego de venganzas y represión que conduce  a una huelga que amenazará todo el norte. Para evitarlo llegarán tropas del gobierno central que cometerá los desmanes, tantas veces repetidos en la sangrienta historia de América Latina. El film, basado en el relato del escritor Patricio Manns, se inspira elaborando un dilatado mural de todas las rebeliones mineras y salitreras de Chile, con sus respectivas y brutales represiones. Como final alegórico, Manz-Littin se ciñen a la más brutal de las conocidas hasta entonces: la matanza de la Escuela de Santa María de Iquique. Las Actas de Marusia se rodó en Chihuahua (Santa Eulalia y Santo Domingo), norte de México, donde Littin encontrará locaciones muy similares a las del imaginario pueblo de Marusia, a partir del 6 de marzo de 1975.

La aridez de las tomas enmarcan con justeza la ideología del film. Fotografiada por Jorge Stahal; los protagonistas principales son Gian Maria Volonté, Silvia Mariscal, Jorge Ernesto Gómez Cruz y Diana Bracho; la música fue compuesta por el griego Mikis Theodroakis. Para Littin, Marusia es Chile y es América Latina y una oportunidad más para denunciar la represión que llega a extremos de matanzas, tarjeta de presentación de las clases detentadoras del poder político y económico en nuestro continente. Quizá este film marque la madurez del estilo y a la vez la total toma de conciencia del problema latinoamericano de su director. Sin concesiones la película es de un rigor narrativo absoluto y una claridad conceptual apta para cualquier tipo de público.

En México, donde conocería a Luis Buñuel, Emilio el «Indio» Fernández y a Arturo Ripstein, Miguel Littin rodará una segunda película, basada en la poderosa novela del gran narrador cubano Alejo Carpentier El recurso del método (1977), este film también se exhibirá como ¡Viva el Presidente! El texto es un revelador fresco sobre las primeras décadas de la América Latina. Carpentier se diferencia de Miguel Ángel Asturias en El señor presidente porque no evoca un tirano, como el caso del guatemalteco con Manuel Estrada Cabrera, sino que hace una terrorífica mixtura de varios déspotas, se inspira en el venezolano Juan Vicente Gómez, el cubano Machado y el infalible mexicano Porfirio Díaz.

Littin preparó el guión junto al sombrío Régis Debray y Jaime Augusto Shiley. Después de innumerables cortes, la película será exhibida en Cannes (1978), con una duración de dos horas y media. El protagonista es el actor chileno, exiliado en Cuba, Nelson Villagra (aquel maravilloso Nahueltoro). El recurso del método presentó a un realizador a punto de convertirse en el más representativo de nuestro continente. Lo epopéyico de sus imágenes están construidas en torno a la problemática más profunda de la realidad e historia de nuestros países convulsionados y violentos. El cine de Littin toca alturas pocas veces antes alcanzadas.

El autor chileno, en su próximo film, continúa transitando, con absoluta comodidad, la permeable, y a veces inexistente, frontera cine y literatura. La viuda de Montiel (1979), basado en un cuento de Gabriel García Márquez, parte constitutiva de Los funerales de La Mamá Grande, no logra todo lo querido, a pesar de su agudo sentido del espectáculo, cierto academicismo estético le hará dar un paso en falso. Al igual que antes a Ruy Guerra con su Erendida, Francesco Rosi con Crónica de una muerte anunciada, y muy posteriormente el mismísimo Arturo Risptein con El Coronel no tiene quien le escriba, Littin no logra penetrar la poderosa coraza con que el gran colombiano parece clausurar la desmesura de sus mundos narrativos. La viuda de Montiel fue filmada en el pueblo Tlacotalpan (lugar de la mariposa solar), estado de Veracruz, que Littin hizo pintar integro para conseguir la atmósfera que intentaba trasmitir. Como protagonista tuvo nada menos que a Geraldine Chaplin, y fotografió Patricio Castilla, pero el film no logra la magia debida y transita sin mayores consideraciones.

Su cuarto film en el exilio se basaría en el relato del chileno Pedro Prado: Alsino, un niño campesino, lisiado a partir de intentar el vuelo de los pájaros, lanzándose desde lo alto de un árbol. Littin trabaja el guión junto a la escritora chilena Isidora Aguirre y el mexicano Tomás Pérez Torrent, que hacen una traslación absoluta, pero acertadísima, del mundo del personaje. De la realidad chilena de los treinta la historia es llevada a la revolución sandinista, cuidando de no perder la respiración poética del original. Alsino y el Cóndor (1983) será filmada en el pueblo de Ticuantepec, sur de Nicaragua, con muy pocos actores profesionales. Con un presupuesto todavía más escaso que con el que construyó El Chacal consigue imprimir más emoción al relato. Y expresar un mundo simbólico entre el vuelo mágico de Alsino y el del Cóndor real, un asesor militar norteamericano en el ámbito de la guerra de liberación de 1979. La realización del film tuvo en sí mismo perfiles épicos, jaqueados por las incursiones de los Contra, muchos de los protagonistas, combatientes sandinistas, más de una vez debieron partir al frente en defensa de la Revolución. El helicóptero con que trabajaban debió ser utilizado para otros fines y en esa operación cayó con catorce personas a bordo. Desde el punto de vista técnico los problemas no fueron menores, cuando pudo hacer la primera copia, Littin encontró que gran parte del material tenía un ostensible fuera de foco, a resultas de que el fotógrafo, Jorge Herrera, a quien Littin reconoce como uno de sus maestros, venía sufriendo desde el comienzo de la filmación una cruel enfermedad, que terminaría con su vida. Ese proceso de decadencia física quedó reflejado en las deficiencias mencionadas.

Después de más de doce años de exilio, Littin vuelve a Chile, absolutamente clandestino, burlando la aceitada maquinaría de represión, que con tanto recurso había implantado la tiranía, y filma lo que sería Acta general de Chile (1984), con un planteo diferente, un proyecto ambicioso globalizador, como lo cifra el título. Financiado por Televisión Española, el film consta de cuatro capítulos de una hora cada uno. El último, dedicado a Salvador Allende, con muchísimo material de archivo, es sin duda el más interesante, ya que quizá sea la semblanza mejor construida del presidente. Dice un crítico español sobre este último segmento: «es una de las piezas cinematográficas más convulsivas, más vibrantes y mejor compuesta de la historia del cine documental». Esta peligrosa incursión quedará además registrada en el libro de García Márquez Aventura de Miguel Littin, clandestino en Chile.

El realizador chileno amalgama la tierra donde había filmado su último largo de ficción Alsino y el Cóndor (1983), Nicaragua, con la vuelta al cine épico, y se lanza, quizás, a su proyecto más ambicioso Sandino (1989). Esta coproducción chileno-española presenta a un líder revolucionario, con sus contradicciones, temores, dudas, certezas y convicciones. Littin elige narrar la vida de Augusto Calderón Sandino, el hijo de una campesina violada por un terrateniente, y no la vida de Augusto César Sandino, nombre que le fue dado por el periodismo internacional. Narra en detalle la campaña contra la intervención estadounidense en Nicaragua, hasta la expulsión de los Marines norteamericanos, la creación del ejército nacional, que llegaría a dirigir Anastasio Somoza (padre). La trama es contada por un periodista, que conoce a Sandino en su cuartel general de Chipote en las alturas de Nicaragua. La película, que se ajusta rigurosamente a la realidad histórica, muestra la ejecución a mano de los esbirros somozistas y la desaparición del cadáver del héroe americano. Littin hace un excelente manejo de masas en la pantalla, quizá junto al boliviano Jorge Sanjinés sea uno de los muy pocos directores latinoamericanos capaz de ese tipo de planos.

Los náufragos (1994) es una alegoría de la vuelta. Quizá el más auto referencial de sus trabajos. Un hombre regresa a su país después de veinte años de ausencia, y nada es como lo había recordado, busca imágenes de su infancia que se intercalan con las de su pasado más reciente. Todos los recuerdos se entrecruzan, la realidad y lo soñado se confunde: «No siempre a uno le gusta la sociedad en la que vive, por eso intenta cambiarla. Nunca uno vive las realidades que uno soñó, esas hay que intentar construirlas», explica Littin. Con Valentina Vargas, Marcelo Romo, Bastian Bodenhofer, Victoria Abril y la fotografía del mítico Hans Burman, Los náufragos es, sin duda, la película que marca la vuelta definitiva a la temática netamente chilena.

Listo a asumir su lugar como el gran cineasta chileno, Miguel Littin por primera vez transitará los lejanos e inhóspitos parajes del sur, quizás la última finis térrea: la Patagonia, durante siglos sinónimo de lo remoto, lo aislado, lo fuera del tiempo. Región por donde pasaron sombras de guerras, delirantes fundadores de imperios, exploradores, mercaderes sin escrúpulos que olfateaban sus grandes riquezas escondidas. Tierra del Fuego (1999) recoge las aventuras de los pioneros que a fines del siglo pasado intentaron desentrañar los misterios de Patagonia, pero de alguna manera habla de uno de los fenómenos más aterradores de estas últimas décadas: las migraciones, las migraciones miserables. Littin se adentra en el territorio feraz y los personajes agrestes que el chilote, Francisco Coloane, narró hace más de cincuenta años en su libro de cuentos Tierra del Fuego, ambientado en aquel mundo y sus habitantes en torno a fines del siglo XIX. Esta no fue la primera incursión de Coloane en el cine, ya había participado con José Bohr, para quien escribió el guión de Si mis campos hablaran (1947); con Sergio Bravo, con quien trabajo para el documental La marcha del carbón. Emilio «Indio» Fernández filmó La Tierra del Fuego se apaga (1956) basado en una obra teatral escrita por Coloane acerca de un drama pasional en la Patagonia. Finalmente, Jorge López rodó El último grumete (1983) basado en otro de sus libros.

Con un registro épico, la historia se sostiene de la figura de Julius Popper, un aventurero rumano, que tras descubrir una veta de oro forma su propio ejército y se proclama «Rey del Páramo», como se conocía a toda la región. Coloane trabajó en la zona en los años treinta y aprovechó para recopilar aquellas historias. El relato no sólo incluye notables descripciones sobre su geografía, sino que penetra despiadadamente en los personajes, hombres y mujeres, duros y sin ley.

El proyecto del film nació en 1981, en Nueva Delhi. Allí se encontraba Coloane, y la aparición de Miguel Littin hizo que brotara casi naturalmente la idea. Comenzaron las primeras charlas sobre la construcción de un guión a la que luego se sumarían el escritor Luis Sepúlveda, quien ha tenido la mayor responsabilidad, y el veterano Tonino Guerra, colaborador permanente de Fellini, Tarkovski y el gran Theo Angelopulos.

El principal rol femenino en Tierra del Fuego es Armenia, protagonizada por Ornella Muti. El ambicioso Julius Popper es interpretado por Jorge Perugorría. El resto de elenco está conformado por Claudio Santamaría, Nancho Novo y los actores chilenos Luis Alarcón, Nelson Villagra y Alvaro Rudolph, y la actriz Catalina Guerra.

Miguel Littin sigue generando proyectos, después de un largo viaje a Palestina, la tierra de sus mayores, preparaba el rodaje de La última luna: «Es la historia de los palestinos que se quedaron en su tierra y su relación con los palestinos que vinieron a Chile. Son historias que he escuchado desde niño, desde mi infancia y mi adolescencia. También es producto de uno de mis viajes, a Palestina, donde me encontré con la familia de mi abuelo que vino a Chile en 1914, lo cual me permitió reconstruir la historia. Yo conocía la parte que se había desarrollado en Chile, pero no la parte Palestina». El plan, sujeto a variaciones debido a la violencia que se vive en la zona, y que se filmaría en las localidades de Beit Sajur, Bet Yala, Belén, Nazaret y Jerusalén, desembocó en otro objetivo. Miguel Littin comprendió que debía filmar algo más. Durante diez días recorrió todo el territorio palestino grabando en video digital, testimonios e imágenes que finalmente integran Crónicas Palestinas: Los caminos de la ira. Una de las principales participaciones es la del realizador israelí Amos Gitai, ganador en el Festival de Venecia de 1999 con su filme Zion y que presentó Kedma (2002) en el Festival de Cannes. En el documental el cineasta israelí se manifiesta a favor de un diálogo entre palestinos e israelíes. Littin toma posición: «Yo me hago responsa

ble de este documental y por eso va con mi firma también. No soy periodista, sino cineasta. Muestro la realidad y esa dice que Palestina es la ocupada y no Israel».

El cineasta chileno Miguel Littin comparte su pasión por el cine con la literatura. Ha publicado dos novelas y, al igual que el amor por el cine, que comenzó cuando de niño recogía los restos de película que llegaban a Palmilla, su pueblo, allí garabateó también sus primeros relatos. Las dos novelas que se le conocen son: El viajero de las cuatro estaciones (1990), con notoria y confesada influencia de Juan Rulfo, el pequeño pueblo colchagüino de Palmilla trasmutará en una suerte de lugar mítico, donde podemos ir a la zaga del anciano Kristos Kukumides, su abuelo, que repasa desde su lecho de muerte las peripecias del terrible destino que le llevó de su Grecia natal a Chile, de un tranquilo convento de monjes ortodoxos a los valles andinos, de las persecuciones turcas a los silencios americanos. La suya es una historia de fundadores, de ancianos inmortales, de estirpes innumerables, de damas que levitan entre rosales, de salteadores nocturnos, de gitanas tentadoras, de borracheras épicas, de orgías descomunales. Su segundo libro El bandido de los ojos transparentes (2002) cuenta sobre el bandido Abraham Díaz, alias el Torito, en un mundo rural y remoto habitado por buscadores de oro, forajidos, desalmados, mujeres soñadoras, otras anhelantes e indígenas enfáticos: gente de la vida. La novela, sin duda, remite a lo que casi es un género en la literatura chilena, el bandido Manuel Rojas o Carlos Droguett con su maravilloso Eloy, son un ejemplo de esto. Ahora trabaja en una nueva novela que presumiblemente titulará Los hombres tranquilos. Una historia sobre amores perdidos, ¿habrá otros?

Littin, de raíces griegas, palestinas y latinoamericanas, nació en 1942. Sus años de escuela fueron ásperos y estrictos, donde los curas le advertían que no se acercara a los rotos.

Comenzó a formarse profesionalmente en el teatro donde puso obras de Arthur Miller y Ionnesco, pasó a la televisión donde fue director y también animador de un exitoso programa de la época. Su primer trabajo en cine fue un corto documental llamado Por tierra ajena. Es el único director chileno que ha estado nominado en dos ocasiones (1977 y 1983) al Oscar en la categoría de Mejor Película Extranjera, y a pesar de los preceptos de los sacerdotes, durante su época de estudiante, Littin sigue junto, no solo a los rotos chilenos, sino a todos los desheredados del mundo.