Revista Rampa




 

 

LEOPOLDO ZEA Y LAS ISLAS DEL ARCHIPIÉLAGO

Carlos Véjar Pérez-Rubio

 

«Esta es mi primera colaboración», nos dijo, extendiéndonos el manuscrito que había sacado de un cajón de su escritorio. «A ver qué les parece. Es el prólogo que me pidieron para la edición polaca de La raza cósmica, que va a publicar el Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Varsovia, en el que reflexiono sobre el concepto de América Latina que Vasconcelos postula en su célebre ensayo. Creo que quedará bien en su revista».

Corrían los primeros meses del año 1992. Comenzaba apenas el tendido de la red de amigos y colaboradores del proyecto cultural multidisciplinario que habíamos concebido unas semanas antes la periodista cubana Minerva Salado, el escritor uruguayo Saúl Ibargoyen y el que esto escribe, arquitecto mexicano, para contribuir a la integración y la unidad de nuestra América. La punta de lanza, el medio de expresión y de comunicación inicial, habría de ser una revista, a la que buscábamos afanosamente nombre.

Alberto Híjar respondió con entusiasmo cuando lo invitamos a participar en el campo de las artes plásticas. Y no sólo eso, sino que propuso de inmediato a un amigo suyo para cubrir el campo de la historia, «un colombiano, historiador y cartógrafo, que descubrió que Colón no descubrió nada, porque ya estaba enterado de la existencia de América en unos mapas que obtuvo de unos navegantes medievales chinos, los verdaderos descubridores de estas tierras. Además, es biógrafo de Bolívar». Esa mañana habíamos quedado de vernos en Ciudad Universitaria, para que me lo presentara. Este colombiano, Gustavo Vargas Martínez, que había vivido en China y tenía varios libros publicados sobre el tema, coordinaba por entonces el Colegio de Estudios Latinoamericanos de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, y seguramente se interesaría en nuestro proyecto.

Gustavo no sólo acogió con gran entusiasmo la idea, sino que nos recomendó a su vez a dos amigos suyos, profesores asimismo de la UNAM, para que se sumaran también a la naciente red latinoamericana: Horacio Cerutti, filósofo argentino; y Ricardo Melgar, historiador peruano. Fue al salir de su cubículo que le propuse a Alberto visitar a Leopoldo Zea. Su prestigio académico nacional e internacional, su valiosa obra latinoamericanista, su insistencia en desarrollar una filosofía que partiera de nuestras propias raíces, de nuestra propia historia, además de su vasta experiencia en la creación de proyectos e instituciones culturales, podrían sernos de gran utilidad. Y subimos así a su oficina del CCYDEL, ese centro universitario de largo nombre que había creado hacía tiempo para coordinar y difundir los estudios latinoamericanos, en la que nos recibió amablemente y nos escuchó con interés. Definitivamente, tocamos las fibras más sensibles de su pensamiento. Le hablamos de un proyecto independiente, interdisciplinario, que propiciara la integración de la cultura y la unidad de América Latina y el Caribe. Y de una revista que la expresara sin cortapisas, incluyente, diversificada y crítica.

Nos dio entonces sus puntos de vista. Nos animó. Nos aconsejó. Había que poner los pies en el suelo, es cierto, pero nunca dejar de soñar. Nos habló de su experiencia al frente de Cuadernos Americanos, la revista fundada y dirigida en su primera época por Jesús Silva-Herzog, que a él le había tocado continuar. Y sacó aquel texto del cajón.

Poco después, en el editorial del número 0 de la revista que finalmente había encontrado nombre, Archipiélago, fechado en la ciudad de México en agosto de 1992, escribiríamos:

La idea de crear en México una revista independiente, con intensa vocación latinoamericana, que se sume activamente a los procesos de resistencia y creación cultural más característicos de nuestra historia, partió de los siguientes considerandos:

•  La necesidad de contribuir a la defensa de la identidad cultural latinoamericana, plural y compleja, cada vez más vulnerable ante los fenómenos crecientes de la dependencia.

•  La certeza de que la cultura juega un papel preponderante en cualquier proyecto de integración de América Latina y el Caribe, necesario para enfrentar con éxito los nuevos y difíciles retos planteados en el umbral del siglo XXI.

•  Las dificultades que enfrentan hoy en día muchos intelectuales latinoamericanos para publicar su trabajo y difundir su pensamiento, y el efecto negativo que esto tiene, aunado a su aislamiento, sobre la cultura de un país, un pueblo, la región y los mismos autores.

Varios propósitos acompañan a esta aventura. Partiendo de la necesidad de conocernos, como primera premisa para integrarnos, Archipiélago se propone servir de puente entre las diversas corrientes del pensamiento latinoamericano, hoy lamentablemente aisladas. Es la intención registrar los cambios que están ocurriendo en todas las esferas de la cultura, como la desaparición paulatina de las fronteras entre las disciplinas y el derrumbe de los más diversos mitos, para integrar una propuesta imaginativa, diversificada y crítica, necesaria para insertarnos en mejores condiciones en un presente y un futuro que debieran brindar mayores expectativas materiales y espirituales a nuestros pueblos.

Archipiélago abordará así la cultura latinoamericana en su sentido más amplio e integral, recuperando y reinterpretando nuestro pasado y previendo su ulterior evolución en un mundo cada vez más interdependiente y homogéneo...

Ese número 0, delgadito, dieciséis páginas solamente, que nos valió por cierto un regaño de Nikito Nipongo en su columna periodística Perlas japonesas («¡Cuándo entenderán estos muchachos que no hay número 0... cuando vayan en el número 3, si es que llegan, en realidad va a ser el 4!»), lo presentamos en La Habana, en la Casa de las Américas, en agosto de 1992; y en el Museo de Etnografía y Folklore de La Paz, Bolivia, en noviembre de ese mismo año. Nos gusta decir por ello que Archipiélago nació en México, se bautizó en Cuba y se confirmó en Bolivia. Participaron en esa edición dieciocho intelectuales latinoamericanos -dos argentinos, un brasileño, un colombiano, tres cubanos, un chileno, un estadounidense~chicano, un uruguayo y ocho mexicanos- abordando diferentes temas de nuestra cultura en trabajos de un par de cuartillas, que ocuparon una página de la revista cada uno. No apareció por ello el texto de Leopoldo Zea, que guardamos celosamente para el número 1, que planeábamos publicar en los próximos meses.

Nos tardamos un poco más. Había que extender por todos los rincones de la patria grande la red inicial. Difundir la idea. Recoger opiniones. Sumar fuerzas. Allegarnos recursos. Templar la voluntad. Fue hasta mayo de 1995 que logramos publicar finalmente ese número 1, que presentamos en la Casa Lamm de la ciudad de México una tarde memorable, amenizada por música latinoamericana, en la que desde luego estuvieron presentes el maestro Zea y su esposa, María Elena. El tenaz esfuerzo de los diecinueve amigos convocados inicialmente rendía frutos: en la página uno aparecían ya 407 nombres de intelectuales latinoamericanos, de las más variadas disciplinas y procedencias, que integraban lo que llamamos Red Cultural de Nuestra América. Muchos de ellos permanecen todavía y muchos otros se han sumado al proyecto desde entonces. En el editorial, que titulamos «Del Bravo a la Patagonia: la cristalización de la utopía», decíamos lo siguiente:

En este tiempo velado con disfraz de anacronía, cuando el futuro es bruma y espejismos y el pasado, huella deslavada, decir «del Bravo a la Patagonia» podría parecer obsoleto. En efecto. Vientos de crisis barren creencias, derrumban mitos y diluyen fronteras hoy en día. En la geopolítica son cosa cotidiana los dolorosos reacomodos y la formación de nuevos bloques. Las estructuras culturales cimbran y la identidad se desvanece en el proyecto de la unipolaridad, la homogeneidad y la (inter)dependencia, ese que genera entre nosotros pobreza y riqueza extrema —material y espiritual—, injusticia, corrupción, vicio, cólera, desencanto... urbanización acelerada, desequilibrio ambiental, discriminación racial.

Archipiélago no acepta esos designios, recupera la utopía y propone para América Latina y el Caribe una expectativa diferente a partir de su propia y necia realidad.

América Latina y el Caribe. Indiscutible es la unidad cultural de nuestros pueblos, producto de la síntesis de la cultura europea con las culturas autóctonas del continente americano y, en algunos casos, con las africanas que se importaron a estas tierras — la tercera raíz — . Pero indiscutible es también su diversidad, producto de una variada geografía e historia y de la singularidad de las mezclas. Compartimos todos un devenir, si no idéntico, semejante. Nos identifica a los latinoamericanos y caribeños el haber estado sujetos siempre a la colonización y la dependencia, la antigua, la que empezó hace quinientos años, y la moderna, la que se nos impone hoy en día desde los nuevos centros de poder. Pero nos identifica también la rebeldía, la inconformidad con un destino manifiesto diseñado al margen de la voluntad mayoritaria.

Más complejo es dilucidar las razones que nos separan, las que han impedido la realización de los sueños de los próceres como Bolívar y Martí. Es un hecho que los países de América Latina y el Caribe no han podido adquirir nunca plena soberanía y bienestar y justicia para sus pueblos, entre otras cosas, porque no han podido avanzar en su cabal integración. Somos, es cierto, un mosaico amalgamado por el idioma y la tradición, por los sueños de los héroes y los anhelos de las masas. Pero somos también un enigmático archipiélago cuyas islas permanecen, en gran medida, económica, política y culturalmente desvinculadas, desconocidas, y aún a veces, enfrentadas.

Una cosa es cierta sin embargo, lo decía no hace mucho el colombiano Germán Arciniegas, premonitoriamente: América es el Panteón de los Imperios. Aquí murieron o empezaron a morir, el inglés, el francés, el español y el portugués.

Archipiélago. Revista Cultural de Nuestra América, esfuerzo editorial independiente marcado por la idea de servir a las mejores causas latinoamericanas y caribeñas, se propone contribuir a detonar un movimiento cultural en la región que, abierto al mundo, reivindique nuestras raíces y tradiciones y las proyecte hacia el futuro que aguarda a la vuelta del milenio. Un movimiento imaginativo que desacralice la cultura y la extienda para todos, que profundice en la crítica y anime el debate, medidas todas ellas necesarias para encontrar las propuestas que nos inserten en mejores condiciones —materiales y espirituales— en el presente y el porvenir. Salido a la luz su Número Cero en agosto de 1992, la revista fue presentada en Casa de las Américas, La Habana, en ese mismo mes, ante una concurrencia altamente representativa de la cultura cubana. Más adelante, el mes de noviembre de ese mismo año, se presentó en el Museo de Etnografía y Folklore de La Paz, Bolivia, ante un nutrido grupo de la intelectualidad boliviana. En ambos casos se pudo observar el interés que genera entre los intelectuales del área un proyecto como éste y su viabilidad para estrechar el conocimiento y la colaboración entre nuestros pueblos, hoy lamentablemente aislados.

Después de muchos meses de esfuerzo surge este Número Uno —primer eslabón de una cadena de signo liberador que se extenderá del Bravo a la Patagonia—, con una muestra representativa de la creación y el pensamiento latinoamericano y caribeño. Esperamos las respuestas.

Leopoldo Zea estaría de ahí en adelante en todas y cada una de las presentaciones de Archipiélago y en las celebraciones de sus aniversarios. Coincidíamos también con frecuencia en diversos actos académicos y efemérides latinoamericanas, incluidas las del ambiente diplomático. Se volvió una costumbre para mí visitarlo cada vez que salía un nuevo número de la revista, para intercambiar opiniones sobre los trabajos ahí publicados y comentar los acontecimientos más relevantes del momento, particularmente, los relacionados con América Latina y el Caribe. Le contaba de mi peregrinar por los más diversos ámbitos culturales de la patria grande para presentar el proyecto y sembrar la idea. Recuerdo el interés que le provocó la presentación que hice en 1999 ante un grupo de intelectuales latinoamericanos residentes en París, en un modesto local de contracultura que habían bautizado como «La Guillotina», situado en la calle de Robespierre, que contrastaba con la lujosa Casa de América, de Madrid, en la que había estado invitado una semana antes. Sus comentarios elogiosos al primer número que dedicamos a una isla del archipiélago, Bolivia, que ratificó poco después cuando publicamos el segundo, dedicado a la Argentina, fueron muy importantes para nosotros. Pero había más todavía.

Para el número 17 (mayo~junio 1998) de Archipiélago, en el que nos ocupamos de la guerra hispano~cubano~estadounidense en ocasión de su centenario, nos dio su ensayo Teología y filosofía de la liberación en Latinoamérica. Para el número 34 (octubre~diciembre 2001), en cuyo editorial tratamos los sucesos del 11 de septiembre en Nueva York y su impacto en los latinoamericanos y caribeños que habitan en esa gran ciudad, nos dio su texto autobiográfico Carta a personas que no conoceré, que recoge sutilmente la tensión de esos momentos en sus palabras iniciales. En el número 37 (julio~septiembre 2002) publicamos la reseña del libro colectivo editado por AUNA~México con el título Impulsemos la integración y la unidad de nuestros pueblos, que inicia justamente con su colaboración. Y en el número 38 (octubre~diciembre 2002) publicamos un trabajo de uno de sus más cercanos colaboradores, Antonio Luna Moreno, titulado Leopoldo Zea y su batallar por la integración latinoamericana, como un reconocimiento a su infatigable labor por la unidad de nuestros pueblos.

Estaba ya delicado de salud cuando coincidimos en un festejo en Cuernavaca, al que habíamos sido invitados por un amigo común, Horacio Cerutti, investigador del CCYDEL y miembro de la vieja guardia de Archipiélago. Corrían los últimos meses del año 2003. Me acerqué a saludarlos, a María Elena y a él. Amable como siempre, me puso al tanto de sus padecimientos, haciéndome ver con entereza poco común que ahora sí sentía que el fin se aproximaba. Conmovido, lo abracé cariñosamente y le dije, convencido, mientras él arqueaba las tupidas cejas: «¡Maestro, usted es inmortal!».

El fin llegó pronto, efectivamente. Un golpe para el pensamiento latinoamericano, para los proyectos latinoamericanistas, para las relaciones internacionales en este campo, para el mundo académico universitario, para la UNAM, a la que entregó su vida, para las instituciones que creó, como el CCYDEL, el PUDEL, para Cuadernos Americanos. En Archipiélago también lo resentimos. Perdíamos al amigo generoso, al sabio consejero, al entusiasta compañero de utopías. En el número 44 (abril~junio 2004) de la revista, que estábamos terminando de editar en ese tiempo, le hicimos un homenaje a varias voces en el que participaron amigos, compañeros y discípulos suyos de diversos rumbos del mapa latinoamericano. «Leopoldo Zea In memoriam» , lo titulamos. Y me di cuenta entonces, al revisar todas esas sentidas opiniones sobre su pensamiento, sobre su obra, sobre su largo y fructífero caminar, que no me había equivocado en Cuernavaca.

Y seguimos adelante entonces en nuestro afán de encontrar las claves de Nuestra América, aquellas que puedan conducirnos de la utopía -el «no hay tal lugar»- a la eutopía, el «lugar del bien estar» para todos. Las claves de Nuestra América.

Cochabamba~La Paz , mayo de 2005

 

 

TRES AUTORES ANTIOQUEÑOS

  Rubén López

 

JORGE ALBERTO NARANJO

Si en Medellín la gran mayoría de las conversaciones giran en torno al narcotráfico, el fútbol, la guerrilla, los impuestos; me parece difícil no hablar neciamente de la literatura. Sin embargo, un escritor como Jorge Alberto Naranjo no sucumbe a tal necedad. Porque él, nacido más por accidente en Bogotá cuando su padre trabajaba en la Escuela Militar, procede de una familia antioqueña que no oculta su culto a la literatura y el arte. Le inculcaron la literatura en la mesa del comedor, en la fiesta, en la conversación cotidiana. Sus tíos escribían artículos sobre historia, política y filosofía, levantaban debates y hacían comentarios sobre tales artículos.

Él los escuchaba.

En ocasiones sus oídos vuelven a escuchar a sus tíos recitando poemas. Otras veces sus labios tratan de pronunciar los cuentos narrados por su abuela y sus ojos los ven escenificados en el rostro de ella. Entre los ocho y diez años le regalaban muchos libros: cuentos de los hermanos Grimm, Andersen y Perrault, la colección de cuentos de Callejas. Todavía conserva varios de ellos.

En una adolescencia de muchas aventuras, en el colegio se apasionó con Robin Hood; Nuestra Señora de París, de Víctor Hugo; El Jorobado, de Paul Feval; El prisionero de senda; El Nabab, de Daudet, novela pesimista que le cayó como un rayo; Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas; El canto del Grial, de Chrétien de Troyes; El humor, de Marc Twain, para aligerar la existencia, y quien le marcó con la serie Tom Sawyer, Huckleberry Finn y Un yanqui en la corte del rey Arturo. Mucha poesía de puntos suspensivos que requería de un lector creativo como él. Porque en poesía lo más importante es lo que se sugiere y no lo que se dice. Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Antonio Machado, una «cartilla» de todo el tiempo.

A los catorce años fue luterano antes que marxista y sus profesores le armaron un debate por ello. Entre los quince y dieciséis años se sumergió en el mundo del existencialismo con La Nausea de Sastre; El extranjero de Camus; Jaspers, el punto sólido de su formación filosófica; Simenon y sus novelas policíacas; el existencialismo cristiano de Theilard de Chardin, promovido en el colegio para oponerlo al existencialismo ateo, para balancear el riesgo de Sartre y Simone de Beauvoir. Por sus ojos desfilaba la savia de la historia de la cultura, del arte, de las religiones. Leía y releía con redoblada pasión vidas de artistas, científicos y sobretodo de santos. A sus dieciocho años Kafka significó una ayuda fundamental para la relación con su padre, canalizar la rebeldía y no exponerse a ser un «rebelde sin causa».

Con esa formación ingresó a la Universidad... Y a pesar de ser un consagrado profesor de varias universidades (ha dictado incluso materias de psicoanálisis) no tuvo un título universitario hasta cuando la Universidad Autónoma Latinoamericana le confirió un Honoris Causa en Sociología. Su intenso trabajo intelectual ha estado dividido en cinco áreas básicas: Filosofía del Arte, con extensos estudios sobre el Leonardo pintor, hidráulico, mecánico y epistemólogo, Filosofía de la Ciencia, en la que se destaca la hidrodinámica de los siglos XIX y XX; Física y Ciencias Naturales, en especial mecánica de los fluidos y mecánica de los medios continuos, siendo esta su pasión principal; la Literatura, terreno en el que ha publicado dos novelas: Los caminos del corazón y La estrella de cinco picos, muchos cuentos publicados y muchas poesías guardadas, al resguardo de la jauría; y, finalmente, Filosofía Política, sobre la cual dictó en 1994 más de cien conferencias acerca de la lectura, autores antioqueños, metodologías, educación, diagnóstico de problemas sociales... Además de sus libros publicados (la mayor parte de su producción está inédita), tiene más de cien ensayos publicados en revistas del país.

Arqueólogo de la literatura antioqueña, escasamente habla de él mismo sino de narrativas como la de Alfonso Castro, un médico salubrista preocupado por los problemas sociales, quien se formó como escritor con novelistas franceses, por ejemplo con Guy de Maupassant, también con Édgar Allan Poe, y sus Notas humanas es posiblemente el primer libro de relatos urbanos escrito en Medellín. Naranjo hace énfasis en que la literatura antioqueña no es únicamente Carrasquilla, Rendón, Mejía Vallejo...

LUIS FERNANDO MACÍAS

Macías libra un combate con sus propias armas: las palabras, templadas en el horno de su cultura. Una lucha con las palabras que proviene desde su infancia, allá en la Escuela Boyacá del barrio La Milagrosa, cuando sus ojos se detenían una y otra vez en La alegría de leer. Desde niño vivió un mundo abstracto, el de las palabras que le saltaban desde la cartilla. A menudo recuerda un cuento escrito con sencillez pero no con simpleza, «El cielo se está cayendo», cuento que, al igual que todo auténtico cuento, es como un iceberg sostenido por la estructura de siete octavos de su masa de hielo. Así concebiría el cuento Luis Fernando Macías. Ese cuento de pollitos permaneció alojado en su memoria y sin saberlo le aportó herramientas para la escritura.

El sordo trabajo con las palabras también provenía desde que en la panadería de su familia se sumergía en horas de noche oscura, mas no monótona, pues mientras molía el queso con almidón y maíz para luego hornear el pandequeso, improvisaba canciones, imaginaba historietas, destilaba sueños, poniendo a trabajar su mente como ave de alto vuelo. Al igual que en las cajas chinas, cada una de las cuales contiene otra más pequeña, la realidad parecía contener un sueño, el cual, a su turno, contenía otro sueño... y así hasta el infinito.

Macías disponía del día para seguir fantaseando.

Siendo un adolescente ocurrió la muerte de su padre. «¿Y ahora qué voy a ser?», se preguntó. Luego de pensarlo le alumbró una idea: ¡escritor! Con toda la gana. Con toda el alma. Sí, escritor. En el bachillerato empezó a escribir en serio. Redacción y poemas en clase de español. Enorme responsabilidad por cuanto la escritura es un acto creador, equivale a pensar, sabiendo que cada palabra es dolida, sufrida y vivida.

En el diario El Colombiano se publicó uno de sus cuentos, «La historia de un hombre que nunca fue filósofo». Era sólo el comienzo. Apenas franqueaba la entrada al mundo de las letras y por ello seguía escribiendo cuentos y poemas. También un diario que fue guardando en sus hojas parte de su vida. Ya se fraguaba su primera novela Amada está lavando, publicada un poco por azar y siendo apadrinada por Manuel Mejía Vallejo, a cuyo taller de escritores asistía en la Biblioteca Pública Piloto de Medellín.

Escribía sin tener cómo publicar, mostrándose inventivo y queriendo un mundo en el que pudiese vivir la imaginación. Publicó un libro costeado por él mismo, La flor de lilolá , sobre tradición popular, y de pasó fundó la editorial El Propio Bolsillo. Alterna la docencia en la Universidad de Antioquia, en el área de Literatura, con la función de escritor, una vocación noble en esta época sometida a las leyes de la rentabilidad, una profesión que no sirve para sostenerse en este país.

Supuestamente Macías había escrito literatura urbana. ¿Pero qué significa literatura urbana? ¿Existe realmente? El entorno es accidental en las obras y lo urbano es sólo uno entre muchos elementos. Y Macías dio el ejemplo de Frutos de mi tierra, de Tomás Carrasquilla, novela en la cual, si bien tiene como entorno a Medellín, las relaciones y conflictos son propios de una aldea. Su pregunta en literatura es ¿quiénes somos? Eterna pregunta por el ser que nadie ha podido responder, excepto parcialidades como las enunciadas en psicoanálisis por Lacan al referirse a la falta en ser o al afirmar que la castración es el nudo del ser, o en literatura por Rilke quien enuncia que «cuanto más se es, más rico es todo lo que se experimenta». Y el propio Macías dice en uno de sus poemas: «La pregunta sigue y el dolor de ser continúa».

El psicoanalista podrá analizar las novelas Amada está lavando y Ganzúa, o los libros de poemas Del barrio de las vecinas, y Una leve mirada sobre el valle publicado como número de la revista Poesía, de la cual fue cofundador; o los cuentos infantiles La rana sin dientes y Casa de Bifloras. El psicoanalista, decía, podrá analizar esas obras; pero no a Luis Fernando Macías. Desfila por sus escritos una savia del mundo que recoge especialmente sucesos de la infancia registrados en su memoria. «En el escritor, afirmó, lo intuitivo va más allá de la consciencia, se captan cosas sin darse cuenta». Por ejemplo en su poema «Presente»:

De niño imaginé

que llegaría un instante de plenitud.

Una tarde cualquiera

el viento ligero del norte

golpearía mi rostro con su mano

más tranquila

y mi alma se llenaría de gozo

al expresar:

«gracias a ti se ha llenado la existencia».

 

HÉCTOR ABAD FACIOLINCE

Estudió periodismo en Medellín y Lenguas Modernas en Turín (Italia). Autor del libro de cuentos Malos pensamientos y de novelas como Asuntos de un hidalgo disoluto, Basura y Angosta. Desde su infancia sentía un gran placer por la lectura. Le apasionaba Las mil y una noches, aunque en su casa no concordaban con sus lecturas de novelas y preferían para él historia, ciencias y política. Pero le agradó más lo que le sucede a una persona en concreto, no haciendo reflexiones en abstracto sino en una situación específica. Además del análisis antepone la simple evocación de asuntos que nos pasan y que siempre nos han fascinado.

En la adolescencia leyó mucha poesía: Quevedo, Garcilaso, Góngora, Sor Juana Inés de la Cruz. Entre los poetas modernos a César Vallejo, Octavio Paz, León de Greiff. En la juventud abundante literatura latinoamericana. Solicitaban su lectura escritos de entrega literaria de Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Cabrera Infante, Alejo Carpentier, Rulfo, Borges, Cortázar. En la adultez autores del Centro de Europa, sobre todo Joseph Roth, Robert Walser y Arthur Schnitzler, en cuyas novelas había anticipado muchos de los descubrimientos psicoanalíticos. Schnitzler, además de poeta, era doctor en medicina. Entre los italianos Italo Calvino, Leonardo Sciascia y Umberto Eco en crítica y pensamiento.

En la novela Asuntos de un hidalgo disoluto una pareja construye un monólogo encerrada en una biblioteca. El escenario de los sucesos es Italia y Colombia. Gaspar Medina es un millonario setentón cuya memoria es asaltada por un delirio de recuerdos desordenados. Cunegunda Bonaventura su joven secretaria es la clásica mujer muda y objeto sexual. Así traza estos dos personajes Héctor Abad Faciolince, quien no se limita al oficio de escritor, como quiera que también fue editor de la Revista Universidad de Antioquia y librero de la anticuaria El Carnero. Los hilos que tejen la trama de la novela en cuestión son el humor, el adulterio, la religión y otros temas. Tiene esquemas de memoria y si se comparan los diálogos con los piñones finos de la maquinaria de la novela, aquéllos aparecen en el monólogo por medio de lo que otros le dijeron al personaje principal Gaspar Medina. Su objetivo obedece quizás a una transmisión en la novela de la universalidad de lo humano. Y la condición es que para escribir novela se requiere, así piensa Abad Faciolince, haber leído la monumental obra de Miguel de Cervantes Saavedra El Hidalgo Don Quijote de la Mancha, además de conocer la tradición de la novela para salvaguardarse de inventar lo inventado.

Vuelvo a la pregunta: ¿existe una literatura urbana? Además: ¿cuáles fueron los antecedentes de la novela Asuntos de un hidalgo disoluto ? ¿A qué tendencias o escuelas literarias se adhiere? ¿Qué relación existe entre esta novela y su libro de cuentos Malos pensamientos ? Según Faciolince la novela es un invento transnacional, por lo tanto no hay novela antioqueña ni colombiana. La novela no es para adjetivarla y su forma es la libertad. No cree en literaturas nacionales ni en novelas colombianas. No tiene la concepción de la novela nacional o regional. El adjetivo «urbano» denota una ubicación espacial que no tiene interés. Como antecedentes de su novela Asuntos de un hidalgo disoluto señaló la novela española del Siglo de Oro y en especial la novela picaresca. En el libro hay diálogo escondido con muchas novelas y autores como Diderot, Voltaire, Sterne, Robert Walser. Además existe una deuda con Yo, el Supremo, de Augusto Roa Bastos. Su novela no se adhiere a tendencias o escuelas literarias. Con la única escuela que se solidariza es con aquella que enseña que en la literatura hay que contar algo y buscando que al lector le interese. Entre su primer libro de cuentos y la novela existe continuidad en ciertos problemas como la religión, el pecado, las relaciones de pareja y el enamoramiento. En la novela Asuntos de un hidalgo disoluto hay más soltura idiomática porque allí la ironía es mayor que en el primer libro, que era «como un ajuste de cuentas para salir de la adolescencia». Mientras que la novela fue destinada «para librarme de las primeras obsesiones de un adulto».

Mejor dicho: la novela debe incluir un conocimiento y saber de vida.

©Rubén López es un escritor y editor colombiano, nacido en Santa Rosa de Cabal. Fue el fundador, editor y director de la revista cultural RAMPA. Es corresponsal en Colombia de la revista de arte y literatura FRANCACHELA, de Argentina, de la revista cultural ARCHIPIÉLAGO, de Méjico, y tiene una columna por Medellín en EL MURO, la guía cultural de Buenos Aires. Así mismo, hizo parte del staff de la revista OXIGEN de España, como responsable de la sección Recursos para Escritores. Fue integrante del taller literario de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín, dirigido por Manuel Mejía Vallejo. Ha realizado guiones culturales para televisión. Sus cuentos, artículos y ensayos han aparecido en revistas y periódicos de Colombia, Austria, Suecia, España, Argentina, Estados Unidos y Méjico. Varios de sus textos han sido traducidos al alemán. Es fundador de la tertulia de escritores Los Octámbulos, que actualmente opera en Medellín. Fundador y presidente de la Corporación Cultural Ave Fénix.